lunes, 19 de enero de 2009

¿Por qué Barack Obama?

Por Laura Bergés

Mientras todos los medios siguen de cerca las actividades de Barack Obama a horas de tomar posesión de la presidencia de los Estados Unidos, una enorme expectativa se dispara alrededor de esta repentina figura a la que se le fue impuesta, a veces con cierta irresponsabilidad, el peso de una historia llena de avances y retrocesos, violencias y discursos, odios y acercamientos.

Irresponsabilidad porque, si bien el mismo Obama utilizó su naturaleza afroamericana como una importante herramienta política durante su campaña presidencial, no lo hizo con el énfasis con el que muchos le adjudicaron. Hoy por hoy, la noticia escapa el hecho de la sucesión presidencial para enfocarse exclusivamente en lo novedoso del caso: el primer presidente estadounidense con ascendencia afroamericana.

Sin lugar a dudas, es novedoso. Pero llamarlo sólo así sería un acto de ignorancia histórica, de ceguera actual, y de limitada perspectiva. La llegada de Barack Obama al poder, más que novedoso, es un hecho histórico que escapa lo anecdótico y responde, como es bien sabido, al resultado de una historia de luchas sociales.

A menudo, hemos oído sobre las injusticias del sistema del Apartheid que se implantó en la Sudáfrica del siglo XX, donde la vida social de los negros, por ley, se desarrollaba separadamente de la de los blancos, siempre en detrimento de los nativos. Muchas veces fue la misma producción de películas estadounidenses la que nos hizo llegar la historia de estas personas cuyos derechos humanos no se respetaban. Sin embargo, ¿cómo andaba la situación por casa? La realidad es que no siempre difería de lo que ocurría en la lejana Sudáfrica.

Como es sabido, la ley no siempre se corresponde con la práctica. Que los historiadores estadounidenses hayan recalcado durante décadas hechos tales como la Proclama de Emancipación de Lincoln, y el posterior fin de la esclavitud en 1865 luego de la victoria de la Unión sobre el sur confederado, no significa que la realidad de los esclavos liberados haya mejorado durante el siglo XIX. Que se hayan redactado tres enmiendas constitucionales para prohibir la discriminación racial luego de la Guerra Civil, habla de una predisposición política, pero no de un logro social.


Durante el proceso de la Reconstrucción (1863-1877), luego de la Guerra Civil estadounidense, los avances políticos impuestos desde un norte cada vez más industrializado, otorgaron el derecho de voto a los afroamericanos liberados. Sin embargo, el odio racial (no sólo en el sur, sino también dentro de las grandes ciudades norteñas) imposibilitaba todo tipo de actividad civil afroamericana y la integración social.

La intolerancia crecía a fines del siglo XIX: mientras que, en el sur, un grupo de delincuentes sociales y xenófobos formaban el Ku Klux Klan intentando trasladar su propio miedo hacia otras personas; en el norte urbano, los afroamericanos se automarginaban en barrios propios, verdaderos ghettos, como fue el caso de Harlem, donde toda una cultura de costumbres, lenguaje, música y literatura, floreció al margen del país.

Así, durante la primera mitad del siglo XX, Estados Unidos vivió con el “problema negro” silenciado, alimentando la segregación racial con la falta de acatamiento a sus propias leyes antirracistas, separando por colores la actividad en la vía pública, negando el acceso de afroamericanos a las escuelas de alumnos blancos.

Fue recién en la década de los ’50 cuando las cosas empezaron a cambiar. Aparecieron las primeras protestas pacíficas de un hombre cuya corta vida pasaría a la historia a través de sus acciones y palabras. El reverendo Martin Luther King impulsó un gran movimiento por la defensa de los derechos civiles afroamericanos, y su accionar pacífico pronto contrastó con muchas medidas violentas que perseguían los mismos fines.

Su asesinato en 1968 fue un duro golpe para la lucha afroamericana, pero su mensaje trascendió a lo largo de la segunda mitad del siglo XX perdurando hoy en día en la sociedad norteamericana. Más de 100 años tuvieron que pasar para que ley antirracista que dictara la victoriosa Unión se comenzara a cumplir.

Pero, ¿fue sólo esta lucha la que hizo posible que mañana un hombre con ascendencia afroamericana hablara ante todo el mundo como presidente de los Estados Unidos?

Existe otro cauce de la historia estadounidense, mucho más reciente, que puede ayudar a comprender la victoria de Barack Obama. A pesar de los logros civiles afroamericanos, sería ilusorio hablar de una actual sociedad estadounidense libre de prejuicios raciales. Los problemas segregacionistas están bien presentes en la sociedad estadounidense actual, y esto puede ser, en gran medida, lo que explica la esperanza que despierta la figura del nuevo presidente electo.

Tras el desprestigio internacional que supuso el gobierno de George W. Bush para los Estados Unidos, su intolerancia cultural y el desconocimiento total por la alteridad, no es de extrañar que el pueblo estadounidense haya visto en la figura de Obama un cambio ideológico capaz de redimir los errores del pasado.

Hijo de una mujer blanca y de un padre negro, miembro de una clase media letrada, habiéndose formado en varios países, el nuevo presidente representa una imagen en donde las culturas, las razas, y las clases sociales se fusionan.

Quizá sea la promesa de una nueva era de tolerancia para toda la sociedad, más que el fruto de una lucha incesante por la libertad cívica afroamericana, lo que con mayor fuerza haya impulsado lo que ocurrirá mañana bajo la atenta mirada de Abraham Lincoln.

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